26. El taller de tejeduría
"Él" chasqueó la lengua entre dientes para que no lo escucharan los demás.
Había subestimado a esos lugareños pensando que eran simples e ingenuos, pero resultaron ser más astutos que un zorro.
No caían en ninguna de sus disimuladas desviaciones ni en sus trampas verbales.
Que el objetivo se encontraba en esta aldea era algo prácticamente seguro.
Pensaba que obtener una confirmación verbal sería sencillo, pero ese pastor de cara simplona esquivaba el tema con evasivas una y otra vez.
Para colmo, cada vez que intentaba indagar más a fondo, el tipo llamado Guillemain —el del bigote— intervenía en el momento exacto para interrumpir, lo cual resultaba exasperante.
Pero no importaba. Aunque no tuviera el testimonio de los aldeanos, le quedaban recursos.
Bastaba con crear una situación en la que el objetivo no tuviera más remedio que salir por su propia cuenta.
"Él" curvó la comisura de los labios en una sonrisa malévolo.
Aquella cosa, que en su patria no pasaría de ser una simple piedra bonita, se convertiría en esta tierra en la semilla de una calamidad.
Simplemente, ellos "no sabían" el verdadero valor de esa piedra.
O, al menos, así se suponía.
Dado que los demás de su grupo realmente lo ignoraban, la actuación resultaba del todo convincente.
Como su propósito no era destruir la aldea por completo, bastaría con activar la piedra poco después del mediodía.
Si quisiera exterminarla, lo haría antes del amanecer.
A esas horas hay poca gente despierta y los guardias suelen bajar la guardia pensando que ya va a amanecer.
Habiendo estudiado un poco de táctica militar, "él" poseía esa clase de conocimientos.
Era una pena no haber podido hacer un ensayo previo, pero ya se vería qué pasaba.
Mientras repasaba los pasos como si el peligro en el que él mismo se exponía fuera asunto de alguien más, esperaba el momento.
En todo caso, lo que más deseaba era salir cuanto antes de ese lugar a pestilente a bestia.
Fingiendo escuchar con atención las explicaciones del pastor, "él" aguardó a que llegara la hora.
Tras ordenar a un oficial de la aldea que informara a Catalina de la situación actual y enviarlo de vuelta, César esperaba pacientemente a que salieran el duque de Abascal y los demás.
Hablar con el oficial lo había tranquilizado, por lo que ya no irradiaba esa irritación de antes.
Sin embargo, era imposible que la imponente estatura de César pasara desapercibida.
—Vaya, señor feudal. ¿Qué hace ahí parado? ¿No se suponía que venía de visita una alta personalidad del país vecino?
Los aldeanos que pasaban por allí lo miraban con curiosidad y le preguntaban.
Cuando César respondió con total naturalidad: «Las ovejas no dejan de tenerme miedo, así que me echaron», la mayoría de los aldeanos lo miraron con compasión.
—Nosotros sabemos muy bien que el señor feudal es una buena persona.
—No se desanime.
Le daban palmaditas en el codo intentando consolarlo.
—No es que esté deprimido porque las ovejas me tengan miedo.
—Ya, ya, lo entendemos.
Aunque los aldeanos decían eso con la boca, sus ojos expresaban claramente un «no disimule, sabemos que intenta hacerse el fuerte».
Negarlo con más firmeza solo sería contraproducente.
Sabiendo que lo hacían por aprecio, ni siquiera le daban ganas de enojarse.
En especial los ancianos, quienes le ofrecían comida diciendo cosas como: «Tome esto para recuperar el ánimo».
Le sabía mal rechazarlo, pero estaba trabajando.
—No, es que ahora estoy esperando a su excelencia el duque, así que no puedo comer.
—¿Ah, sí? Entonces le llevaré este dulce de miel a la residencia. Se lo entregaré a Rita.
—Gracias. Te lo encargo.
Tras repetir varias interacciones similares, la encargada del taller de tejeduría —la siguiente parada de la inspección— llegó acompañada de una joven.
La encargada era una mujer de unos cincuenta y tantos años, algo rellenita.
De apariencia apacible, era en realidad una mujer bastante hábil para los negocios.
La joven que la acompañaba era la tejedora más talentosa entre las jóvenes.
—Vaya, señor feudal, ¿qué hace ahí parado? ¿Ocurrió algo?
La encargada ladeó la cabeza al preguntar.
—En realidad...
César le explicó la razón que ya había repetido varias veces, a lo que la encargada esbozó una sonrisa amarga.
—Vaya, vaya. ¿Será que la cara del señor feudal da demasiado miedo? Al principio yo también tenía un miedo terrible pensando que me comería, pero una vez que una se acostumbra se da cuenta de que no hay nada que temer.
—Los de raza escamosa no devoramos a las personas, por más que sean de otra raza.
Cuando César respondió con tono de enfado, la encargada soltó una carcajada.
—Así es, así es. Ahora lo comprendo perfectamente.
Tras darle varias palmaditas en la espalda, César dejó escapar un leve suspiro.
—En fin, como sea, se lo encargo mucho. En especial lo relativo a ella...
—Sí, sí. Ya lo sé. Para nosotros también sería un gran problema si ella se fuera. Nos consigue catálogos con los patrones que están de moda en la capital real y nos abre nuevos canales de venta gracias a sus contactos. Es alguien muy confiable.
—De hecho, es el señor feudal quien debería asegurar bien su corazón para que no se nos vaya, ¿no cree?
La joven tejedora sonrió con picardía.
Apuntando justo en el punto sensible.
César se quedó callado de mal humor y desvió la mirada.
—Vaya, vaya.
—Aja, mira no más.
Las dos mujeres, que sin ser madre e hija se entendían de maravilla, se miraron.
Asintieron al mismo tiempo y le dedicaron a César una mirada de tibia compasión.
Había subestimado a esos lugareños pensando que eran simples e ingenuos, pero resultaron ser más astutos que un zorro.
No caían en ninguna de sus disimuladas desviaciones ni en sus trampas verbales.
Que el objetivo se encontraba en esta aldea era algo prácticamente seguro.
Pensaba que obtener una confirmación verbal sería sencillo, pero ese pastor de cara simplona esquivaba el tema con evasivas una y otra vez.
Para colmo, cada vez que intentaba indagar más a fondo, el tipo llamado Guillemain —el del bigote— intervenía en el momento exacto para interrumpir, lo cual resultaba exasperante.
Pero no importaba. Aunque no tuviera el testimonio de los aldeanos, le quedaban recursos.
Bastaba con crear una situación en la que el objetivo no tuviera más remedio que salir por su propia cuenta.
"Él" curvó la comisura de los labios en una sonrisa malévolo.
Aquella cosa, que en su patria no pasaría de ser una simple piedra bonita, se convertiría en esta tierra en la semilla de una calamidad.
Simplemente, ellos "no sabían" el verdadero valor de esa piedra.
O, al menos, así se suponía.
Dado que los demás de su grupo realmente lo ignoraban, la actuación resultaba del todo convincente.
Como su propósito no era destruir la aldea por completo, bastaría con activar la piedra poco después del mediodía.
Si quisiera exterminarla, lo haría antes del amanecer.
A esas horas hay poca gente despierta y los guardias suelen bajar la guardia pensando que ya va a amanecer.
Habiendo estudiado un poco de táctica militar, "él" poseía esa clase de conocimientos.
Era una pena no haber podido hacer un ensayo previo, pero ya se vería qué pasaba.
Mientras repasaba los pasos como si el peligro en el que él mismo se exponía fuera asunto de alguien más, esperaba el momento.
En todo caso, lo que más deseaba era salir cuanto antes de ese lugar a pestilente a bestia.
Fingiendo escuchar con atención las explicaciones del pastor, "él" aguardó a que llegara la hora.
Tras ordenar a un oficial de la aldea que informara a Catalina de la situación actual y enviarlo de vuelta, César esperaba pacientemente a que salieran el duque de Abascal y los demás.
Hablar con el oficial lo había tranquilizado, por lo que ya no irradiaba esa irritación de antes.
Sin embargo, era imposible que la imponente estatura de César pasara desapercibida.
—Vaya, señor feudal. ¿Qué hace ahí parado? ¿No se suponía que venía de visita una alta personalidad del país vecino?
Los aldeanos que pasaban por allí lo miraban con curiosidad y le preguntaban.
Cuando César respondió con total naturalidad: «Las ovejas no dejan de tenerme miedo, así que me echaron», la mayoría de los aldeanos lo miraron con compasión.
—Nosotros sabemos muy bien que el señor feudal es una buena persona.
—No se desanime.
Le daban palmaditas en el codo intentando consolarlo.
—No es que esté deprimido porque las ovejas me tengan miedo.
—Ya, ya, lo entendemos.
Aunque los aldeanos decían eso con la boca, sus ojos expresaban claramente un «no disimule, sabemos que intenta hacerse el fuerte».
Negarlo con más firmeza solo sería contraproducente.
Sabiendo que lo hacían por aprecio, ni siquiera le daban ganas de enojarse.
En especial los ancianos, quienes le ofrecían comida diciendo cosas como: «Tome esto para recuperar el ánimo».
Le sabía mal rechazarlo, pero estaba trabajando.
—No, es que ahora estoy esperando a su excelencia el duque, así que no puedo comer.
—¿Ah, sí? Entonces le llevaré este dulce de miel a la residencia. Se lo entregaré a Rita.
—Gracias. Te lo encargo.
Tras repetir varias interacciones similares, la encargada del taller de tejeduría —la siguiente parada de la inspección— llegó acompañada de una joven.
La encargada era una mujer de unos cincuenta y tantos años, algo rellenita.
De apariencia apacible, era en realidad una mujer bastante hábil para los negocios.
La joven que la acompañaba era la tejedora más talentosa entre las jóvenes.
—Vaya, señor feudal, ¿qué hace ahí parado? ¿Ocurrió algo?
La encargada ladeó la cabeza al preguntar.
—En realidad...
César le explicó la razón que ya había repetido varias veces, a lo que la encargada esbozó una sonrisa amarga.
—Vaya, vaya. ¿Será que la cara del señor feudal da demasiado miedo? Al principio yo también tenía un miedo terrible pensando que me comería, pero una vez que una se acostumbra se da cuenta de que no hay nada que temer.
—Los de raza escamosa no devoramos a las personas, por más que sean de otra raza.
Cuando César respondió con tono de enfado, la encargada soltó una carcajada.
—Así es, así es. Ahora lo comprendo perfectamente.
Tras darle varias palmaditas en la espalda, César dejó escapar un leve suspiro.
—En fin, como sea, se lo encargo mucho. En especial lo relativo a ella...
—Sí, sí. Ya lo sé. Para nosotros también sería un gran problema si ella se fuera. Nos consigue catálogos con los patrones que están de moda en la capital real y nos abre nuevos canales de venta gracias a sus contactos. Es alguien muy confiable.
—De hecho, es el señor feudal quien debería asegurar bien su corazón para que no se nos vaya, ¿no cree?
La joven tejedora sonrió con picardía.
Apuntando justo en el punto sensible.
César se quedó callado de mal humor y desvió la mirada.
—Vaya, vaya.
—Aja, mira no más.
Las dos mujeres, que sin ser madre e hija se entendían de maravilla, se miraron.
Asintieron al mismo tiempo y le dedicaron a César una mirada de tibia compasión.
(...No es porque ellas lo hayan dicho, pero cuando termine la inspección intentaré expresarle mis sentimientos a la asistente una vez más. ...Aunque eso no garantiza que ella vaya a corresponderlos).
Sabiendo que decir algo solo provocaría que le devolvieran el doble o el triple de burlas, César prefirió guardarse su resolución y solo apartó el rostro.
Mientras seguía conversando con los aldeanos que pasaban por allí, la comitiva del duque de Abascal salió tras concluir la inspección del ovejero.
Al notar su presencia, los demás aldeanos —a excepción de las encargadas del taller— se dispersaron a paso apresurado como crías de araña.
Aunque el rechazo de los aldeanos hacia la gente de la capital se había suavizado desde la llegada de Catalina, la idea de que relacionarse con personas de alto rango era problemático no había cambiado.
El hecho de que los guardias del duque mantuvieran una mirada intimidante también influía.
Desde el punto de vista de los guardias, lo ideal era evitar que personas no identificadas se acercaran al duque.
***
—Buen trabajo a todos.
César se acercó al duque de Abascal e hizo una reverencia.
—Perdón por la espera. Veo que es usted muy querido por los aldeanos.
—Así es. Es un honor.
El tono no tenía intenciones de burla, pero como César acababa de acomplejarse al compararse con el duque, no pudo evitar sospechar que insinuaba que se llevaba demasiado familiarmente con los aldeanos.
(Qué patético soy).
César cambió de chip y le preguntó al duque de Abascal:
—¿Qué le ha parecido el ovejero de nuestra aldea?
El duque de Abascal asintió varias veces, luciendo impresionado.
—Ha sido sumamente interesante. Son más pequeñas que las ovejas de nuestro país, pero parecían ser muy inteligentes y la calidad de su lana es excelente. Probé la carne asada y es fácil de comer, sin el olor fuerte característico del ovino. Es una pena enorme que solo se puedan criar en tierras con una alta concentración de mana.
—Suele decirse que todo tiene sus ventajas y desventajas.
—Mmm, supongo que no hay remedio... Lo siguiente era la visita al taller de tejeduría que utiliza la lana de la raza Felino, ¿verdad? También estoy deseando ver eso.
El duque de Abascal reía alegremente y parecía de buen humor.
César suspiró aliviado al ver que no había habido contratiempos.
Buscando una oportunidad para confirmar si no había surgido nada de qué preocuparse, dirigió la mirada hacia el vizconde Guillemain.
Al notarlo, el vizconde le guiñó un ojo levemente.
Aquello no era porque le hubiera entrado basura en el ojo, sino para comunicarle que «no ha habido ningún problema».
César intentó devolverle el guiño para expresarle que «comprendido», pero lo único que logró fue parpadear con ambos ojos.
Lo que parecía sencillo resultaba ser un gesto difícil de replicar como el vizconde.
Ya veo. Por lo visto, no ejercía como diplomático de adorno.
Mientras César lo admiraba internamente, las mejillas del vizconde Guillemain tuvieron un leve espasmo mientras aguantaba la risa.
¿Habría pasado algo gracioso?
Aunque tenía esa duda, no era momento para preguntar.
—Excelencia, las encargadas del taller de tejeduría, nuestra siguiente parada, han venido a recibirlo.
César las presentó, y la encargada junto a la tejedora hicieron una reverencia.
—¿Esta mujer es la encargada del taller?
El duque de Abascal abrió ligeramente los ojos.
Los guardias del duque también mostraron desconcierto, aunque sin emitir palabra.
Sin entender cuál era el problema, las encargadas ensombrecieron el rostro con inquietud.
Pensando si habrían cometido alguna falta, a César no se le ocurría qué podía ser.
En ese momento, el vizconde Guillemain dio un paso al frente.
Con una sonrisa afable, dijo:
—Su excelencia el duque de Abascal. En nuestro país, las mujeres también constituyen una fuerza laboral importante. No son pocas las que ocupan cargos de relevancia, aunque tampoco sean la mayoría. Le agradecería que comprendiera las diferencias culturales de cada nación.
(Ah, era eso).
Ante las palabras de Guillemain, César recordó la información que acababa de aprender.
En Roccia, se decía que a las mujeres se las resguardaba con esmero en el hogar.
Se consideraba que un hombre que hacía trabajar a una mujer era un inútil y un desalmado.
Debido al clima riguroso del norte y a ser una tierra donde no se podía usar magia, la cultura dictaba que los hombres fuertes y corpulentos debían hacerse cargo de todo el trabajo exterior.
(Desde la perspectiva de Roccia, no solo no entienden que una mujer trabaje, sino que ni siquiera conciben que llegue a ser encargada de un taller. En el ovejero eran casi todos hombres. Puede que no hayan tomado en cuenta la diferencia de país. Sin embargo, esto no es Roccia, es Fiore).
—No, pero aun así...
Ante el duque de Abascal, que seguía sin mostrarse convencido, César preguntó con un tono algo rígido:
—La encargada trabaja en el taller de tejeduría desde los días de la colonización de la aldea. Es una veterana con amplia experiencia, su instrucción es adecuada y tiene un ojo y una habilidad de primer nivel tanto para evaluar como para elaborar tejidos. ¿Hay algún problema con ella?
—No es eso, pero...
—Excelencia. Las costumbres y la cultura varían según la tierra. Que sea diferente no significa que esté mal, pues cada lugar se adapta a su propia realidad. ¿No le parece lo mismo, Calestia?
Ante la mediación del vizconde Guillemain, César asintió:
—Así es. Yo... a mí me ocurrió igual al llegar a este país; todo eran sorpresas ante las diferencias con mi tierra natal. Sin embargo, ahora encuentro fascinantes esas diferencias.
Al participar en la cacería del Rey Demonio y conversar con personas de diversos países, César comprendió que en el mundo existían culturas muy variadas.
Por más incomprensible que le resulte a un extraño, cada tierra tiene su propia manera de hacer las cosas.
Aunque César era el señor feudal de esta aldea, no tenía intenciones de imponer las costumbres de la gente escamosa.
Él mismo, siendo un hombre escamoso con costumbres completamente distintas a las de la gente sin escamas, se adaptaba a los usos de este país.
¿Acaso el duque de Abascal, siendo también un hombre sin escamas, no podía hacer lo mismo?
Con esa intención en mente, fijó la mirada en él, a lo que el duque de Abascal negó lentamente con la cabeza.
—No, disculpen. Ha sido un error mío. Encargada, le pido que nos guíe.
La tensión en el ambiente se disipó.
Al ser interpelada directamente por el duque, la encargada se apresuró a tomar la delantera.
—S-sí, por supuesto. Por aquí, por favor. El taller queda en esta dirección.
El taller de tejeduría se encontraba a corta distancia del ovejero.
Aunque se le llamara taller de tejeduría, no se limitaban únicamente a tejer.
El lavado de la lana se realizaba en el ovejero, pero los procesos posteriores se llevaban a cabo en su mayoría dentro del taller.
—En este edificio elaboramos los diseños de los tejidos. Según el diseño que se elija, el teñido del hilo cambia, por lo que es el primer paso del proceso.
El taller contaba con varios edificios repartidos en un amplio terreno. Además del diseño y la planificación, había múltiples pasos previos al tejido: el desmotado para desenredar la lana apelmazada, el hilado para convertir la lana en hilo y el teñido. Cada proceso contaba con su propio edificio. Si se detuvieran a observar cada proceso minuciosamente se les haría de noche, por lo que hicieron un recorrido general mientras escuchaban las breves explicaciones de la encargada y la tejedora. Sin duda, la parte más vistosa del taller era el proceso de tejer. Estaba dividido en varias habitaciones y en cada una había múltiples telares instalados. En cada habitación, las tejedoras sentadas frente a los telares pisaban los pedales con ritmo constante, pasaban la trama unida a la lanzadera entre los hilos de la urdimbre y la apretaban hacia adelante con el peine para ir entrelazando el tejido. La habitación elegida para la visita era una donde se reunían las artesanas más experimentadas. El proceso por el cual se creaban tejidos con patrones complejos y deslumbrantes parecía casi mágico. César había presenciado el proceso varias veces, pero no dejaba de admirarlo. Aunque en otros procesos había algunos hombres, la gran mayoría de las tejedoras eran mujeres.
Seguro que el duque comprendería lo trabajadoras y extraordinarias artesanas que eran.
Con orgullo, César miró de reojo al duque de Abascal, que estaba a su lado.
El duque observaba a las tejedoras con la mirada clavada en ellas.
—Hacer trabajar así a las mujeres... Qué lástima por ellas... —murmuró el duque en voz muy baja.
Fue un murmullo tan tenue que se perdió entre el ruido de los telares; salvo para él mismo, solo la agudísima audición de César pudo captarlo.
Brotó de forma involuntaria, con un tono lleno de sincera compasión.
En realidad, las mujeres del taller no trabajaban de forma forzada.
Era un empleo muy popular en la aldea por sus buenos salarios y contaba con turnos de descanso bien estructurados.
A pesar de eso, el duque de Abascal parecía estar firmemente convencido de que la felicidad de una mujer residía en ser protegida dentro del hogar.
A pesar de habérselo explicado hacía un momento, ¿a qué se debía esa manera de pensar?
(Ya veo. A esto se refería la asistente cuando decía que era alguien que jamás dudaba de su propia justicia).
César se tragó a la fuerza el pesado suspiro que estuvo a punto de soltar.
Si a Catalina, con ese espíritu independiente que la caracterizaba, le dijeran que daría pena por trabajar en la Cancillería, se indignaría profundamente.
Si fuera a Roccia tendría que encerrarse en casa y no podría usar magia.
Es verdad que habrá mujeres que se alegren de ser mantenidas.
Si tanto el que mantiene como la mantenida lo desean, no hay nada que los demás tengan que criticar.
Sin embargo, Catalina no deseaba estar bajo el amparo del duque de Abascal.
(Resulta agotador intentar hablar con alguien con quien no se puede razonar).
El complejo de inferioridad que César sentía hacia el duque se desvaneció por completo.
Un hombre tan egocéntrico no era digno de Catalina.
Tras concluir la visita al taller —que no había hecho más que agotarlo mentalmente—, César contuvo sus pensamientos e hizo una reverencia educada.
—Muchas gracias por su tiempo. Dado que debe de estar lista la comida en la residencia, procedamos a...
Apenas iba a terminar la frase cuando...
¡CLAN, CLAN, CLAN!
El sonido agudo de una campana de alarma resonó por toda la aldea.
Sabiendo que decir algo solo provocaría que le devolvieran el doble o el triple de burlas, César prefirió guardarse su resolución y solo apartó el rostro.
Mientras seguía conversando con los aldeanos que pasaban por allí, la comitiva del duque de Abascal salió tras concluir la inspección del ovejero.
Al notar su presencia, los demás aldeanos —a excepción de las encargadas del taller— se dispersaron a paso apresurado como crías de araña.
Aunque el rechazo de los aldeanos hacia la gente de la capital se había suavizado desde la llegada de Catalina, la idea de que relacionarse con personas de alto rango era problemático no había cambiado.
El hecho de que los guardias del duque mantuvieran una mirada intimidante también influía.
Desde el punto de vista de los guardias, lo ideal era evitar que personas no identificadas se acercaran al duque.
***
—Buen trabajo a todos.
César se acercó al duque de Abascal e hizo una reverencia.
—Perdón por la espera. Veo que es usted muy querido por los aldeanos.
—Así es. Es un honor.
El tono no tenía intenciones de burla, pero como César acababa de acomplejarse al compararse con el duque, no pudo evitar sospechar que insinuaba que se llevaba demasiado familiarmente con los aldeanos.
(Qué patético soy).
César cambió de chip y le preguntó al duque de Abascal:
—¿Qué le ha parecido el ovejero de nuestra aldea?
El duque de Abascal asintió varias veces, luciendo impresionado.
—Ha sido sumamente interesante. Son más pequeñas que las ovejas de nuestro país, pero parecían ser muy inteligentes y la calidad de su lana es excelente. Probé la carne asada y es fácil de comer, sin el olor fuerte característico del ovino. Es una pena enorme que solo se puedan criar en tierras con una alta concentración de mana.
—Suele decirse que todo tiene sus ventajas y desventajas.
—Mmm, supongo que no hay remedio... Lo siguiente era la visita al taller de tejeduría que utiliza la lana de la raza Felino, ¿verdad? También estoy deseando ver eso.
El duque de Abascal reía alegremente y parecía de buen humor.
César suspiró aliviado al ver que no había habido contratiempos.
Buscando una oportunidad para confirmar si no había surgido nada de qué preocuparse, dirigió la mirada hacia el vizconde Guillemain.
Al notarlo, el vizconde le guiñó un ojo levemente.
Aquello no era porque le hubiera entrado basura en el ojo, sino para comunicarle que «no ha habido ningún problema».
César intentó devolverle el guiño para expresarle que «comprendido», pero lo único que logró fue parpadear con ambos ojos.
Lo que parecía sencillo resultaba ser un gesto difícil de replicar como el vizconde.
Ya veo. Por lo visto, no ejercía como diplomático de adorno.
Mientras César lo admiraba internamente, las mejillas del vizconde Guillemain tuvieron un leve espasmo mientras aguantaba la risa.
¿Habría pasado algo gracioso?
Aunque tenía esa duda, no era momento para preguntar.
—Excelencia, las encargadas del taller de tejeduría, nuestra siguiente parada, han venido a recibirlo.
César las presentó, y la encargada junto a la tejedora hicieron una reverencia.
—¿Esta mujer es la encargada del taller?
El duque de Abascal abrió ligeramente los ojos.
Los guardias del duque también mostraron desconcierto, aunque sin emitir palabra.
Sin entender cuál era el problema, las encargadas ensombrecieron el rostro con inquietud.
Pensando si habrían cometido alguna falta, a César no se le ocurría qué podía ser.
En ese momento, el vizconde Guillemain dio un paso al frente.
Con una sonrisa afable, dijo:
—Su excelencia el duque de Abascal. En nuestro país, las mujeres también constituyen una fuerza laboral importante. No son pocas las que ocupan cargos de relevancia, aunque tampoco sean la mayoría. Le agradecería que comprendiera las diferencias culturales de cada nación.
(Ah, era eso).
Ante las palabras de Guillemain, César recordó la información que acababa de aprender.
En Roccia, se decía que a las mujeres se las resguardaba con esmero en el hogar.
Se consideraba que un hombre que hacía trabajar a una mujer era un inútil y un desalmado.
Debido al clima riguroso del norte y a ser una tierra donde no se podía usar magia, la cultura dictaba que los hombres fuertes y corpulentos debían hacerse cargo de todo el trabajo exterior.
(Desde la perspectiva de Roccia, no solo no entienden que una mujer trabaje, sino que ni siquiera conciben que llegue a ser encargada de un taller. En el ovejero eran casi todos hombres. Puede que no hayan tomado en cuenta la diferencia de país. Sin embargo, esto no es Roccia, es Fiore).
—No, pero aun así...
Ante el duque de Abascal, que seguía sin mostrarse convencido, César preguntó con un tono algo rígido:
—La encargada trabaja en el taller de tejeduría desde los días de la colonización de la aldea. Es una veterana con amplia experiencia, su instrucción es adecuada y tiene un ojo y una habilidad de primer nivel tanto para evaluar como para elaborar tejidos. ¿Hay algún problema con ella?
—No es eso, pero...
—Excelencia. Las costumbres y la cultura varían según la tierra. Que sea diferente no significa que esté mal, pues cada lugar se adapta a su propia realidad. ¿No le parece lo mismo, Calestia?
Ante la mediación del vizconde Guillemain, César asintió:
—Así es. Yo... a mí me ocurrió igual al llegar a este país; todo eran sorpresas ante las diferencias con mi tierra natal. Sin embargo, ahora encuentro fascinantes esas diferencias.
Al participar en la cacería del Rey Demonio y conversar con personas de diversos países, César comprendió que en el mundo existían culturas muy variadas.
Por más incomprensible que le resulte a un extraño, cada tierra tiene su propia manera de hacer las cosas.
Aunque César era el señor feudal de esta aldea, no tenía intenciones de imponer las costumbres de la gente escamosa.
Él mismo, siendo un hombre escamoso con costumbres completamente distintas a las de la gente sin escamas, se adaptaba a los usos de este país.
¿Acaso el duque de Abascal, siendo también un hombre sin escamas, no podía hacer lo mismo?
Con esa intención en mente, fijó la mirada en él, a lo que el duque de Abascal negó lentamente con la cabeza.
—No, disculpen. Ha sido un error mío. Encargada, le pido que nos guíe.
La tensión en el ambiente se disipó.
Al ser interpelada directamente por el duque, la encargada se apresuró a tomar la delantera.
—S-sí, por supuesto. Por aquí, por favor. El taller queda en esta dirección.
El taller de tejeduría se encontraba a corta distancia del ovejero.
Aunque se le llamara taller de tejeduría, no se limitaban únicamente a tejer.
El lavado de la lana se realizaba en el ovejero, pero los procesos posteriores se llevaban a cabo en su mayoría dentro del taller.
—En este edificio elaboramos los diseños de los tejidos. Según el diseño que se elija, el teñido del hilo cambia, por lo que es el primer paso del proceso.
El taller contaba con varios edificios repartidos en un amplio terreno. Además del diseño y la planificación, había múltiples pasos previos al tejido: el desmotado para desenredar la lana apelmazada, el hilado para convertir la lana en hilo y el teñido. Cada proceso contaba con su propio edificio. Si se detuvieran a observar cada proceso minuciosamente se les haría de noche, por lo que hicieron un recorrido general mientras escuchaban las breves explicaciones de la encargada y la tejedora. Sin duda, la parte más vistosa del taller era el proceso de tejer. Estaba dividido en varias habitaciones y en cada una había múltiples telares instalados. En cada habitación, las tejedoras sentadas frente a los telares pisaban los pedales con ritmo constante, pasaban la trama unida a la lanzadera entre los hilos de la urdimbre y la apretaban hacia adelante con el peine para ir entrelazando el tejido. La habitación elegida para la visita era una donde se reunían las artesanas más experimentadas. El proceso por el cual se creaban tejidos con patrones complejos y deslumbrantes parecía casi mágico. César había presenciado el proceso varias veces, pero no dejaba de admirarlo. Aunque en otros procesos había algunos hombres, la gran mayoría de las tejedoras eran mujeres.
Seguro que el duque comprendería lo trabajadoras y extraordinarias artesanas que eran.
Con orgullo, César miró de reojo al duque de Abascal, que estaba a su lado.
El duque observaba a las tejedoras con la mirada clavada en ellas.
—Hacer trabajar así a las mujeres... Qué lástima por ellas... —murmuró el duque en voz muy baja.
Fue un murmullo tan tenue que se perdió entre el ruido de los telares; salvo para él mismo, solo la agudísima audición de César pudo captarlo.
Brotó de forma involuntaria, con un tono lleno de sincera compasión.
En realidad, las mujeres del taller no trabajaban de forma forzada.
Era un empleo muy popular en la aldea por sus buenos salarios y contaba con turnos de descanso bien estructurados.
A pesar de eso, el duque de Abascal parecía estar firmemente convencido de que la felicidad de una mujer residía en ser protegida dentro del hogar.
A pesar de habérselo explicado hacía un momento, ¿a qué se debía esa manera de pensar?
(Ya veo. A esto se refería la asistente cuando decía que era alguien que jamás dudaba de su propia justicia).
César se tragó a la fuerza el pesado suspiro que estuvo a punto de soltar.
Si a Catalina, con ese espíritu independiente que la caracterizaba, le dijeran que daría pena por trabajar en la Cancillería, se indignaría profundamente.
Si fuera a Roccia tendría que encerrarse en casa y no podría usar magia.
Es verdad que habrá mujeres que se alegren de ser mantenidas.
Si tanto el que mantiene como la mantenida lo desean, no hay nada que los demás tengan que criticar.
Sin embargo, Catalina no deseaba estar bajo el amparo del duque de Abascal.
(Resulta agotador intentar hablar con alguien con quien no se puede razonar).
El complejo de inferioridad que César sentía hacia el duque se desvaneció por completo.
Un hombre tan egocéntrico no era digno de Catalina.
Tras concluir la visita al taller —que no había hecho más que agotarlo mentalmente—, César contuvo sus pensamientos e hizo una reverencia educada.
—Muchas gracias por su tiempo. Dado que debe de estar lista la comida en la residencia, procedamos a...
Apenas iba a terminar la frase cuando...
¡CLAN, CLAN, CLAN!
El sonido agudo de una campana de alarma resonó por toda la aldea.

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